Psicología: Intransigencia y Empatía

The open door. Peter Vilhelm Ilsted, 1910

Decir que empatizar es ponerse en el lugar del otro, es simplificar, en mi opinión. Consistiría también en reconocer a ese otro su derecho a ver, entender y sentir a su manera y concederle su lugar, sin perder el nuestro, respetar el suyo. Lo cual no significa aceptar sus postulados. Empatizar no es ceder, ni justificar, ni acordar, ni negociar, ni consensuar, ni estar de acuerdo con las acciones o decisiones de otro, ni tampoco perder o abandonar nuestra propia perspectiva. Puedo ampliar mi visión sobre alguien y sobre su forma de ver y sentir las cosas, lo cual no significa que vaya a estar de acuerdo con esa persona. Normalmente, casi todo el mundo, se queda con la parte emocional de la empatía, como si se produjera una fusión sentimental que fuera una llave maestra para arreglar cualquier problema relacional, obviando la parte mental, cognitiva, que es fundamental para no perdernos en el plano emotivo.

En la consulta  de psicoterapia, empatizar es escuchar sin juicio, con atención, comprender si es posible y si no, tratar de hacerlo, mediante lo que los psicoterapeutas humanistas llaman la “Ignorancia Creativa”, pasando a ser así un yo auxiliar y acogedor para el que habla, permitiendo la libre expresión de sus sentimientos y de sus ideas, dando permiso con nuestra actitud, a la persona, para ser lo que quiera que sea, ofreciéndole un “Espacio de Escucha” en el que aceptar sus emociones, dispersas y dispares, contradictorias, que lo cubren todo, para que pueda sentir (emoción) y comprender (razón) con claridad sus propios tempo, compás y ritmo, conocerse un poco más, ser consciente de algo de lo que hasta entonces no lo era, o al menos no tan claramente.

A menudo, el impulso o la necesidad, cuando un terapeuta o cualquiera que trate de establecer una relación con intención de ayuda detecta un problema, es la de tratar de resolverlo o dar pistas que ayuden a hacerlo. Esto podría ser contraproducente y dar a entender a la persona que no se acepta su conflicto, corriendo el riesgo de entrar en una lucha más o menos evidente, que nos aleja del objetivo empático: El uno, defendiendo su conflicto (defendiéndose), el otro, tratando de ayudar a desmontarlo (atacando).

Reitero la importancia de que empatizar no es aceptar las conductas y decisiones de otro, ni llegar a un acuerdo. Nos va a permitir ampliar la comprensión, a nivel emocional y cognitivo de la experiencia de otra persona concreta, lo demás dependerá de los valores, de los principios (o finales) y de la intimidad de cada uno. Presuponer y acusar a alguien que no está de acuerdo contigo de que le falta empatía es una trampa que encierra una exigencia de fusión y una muy baja tolerancia a la frustración que supone que el otro sea distinto, confundiendo el concepto de empatía con el de exigencia de ser de una determinada manera, imponiendo deberías, acusando, juzgando, criticando, en un círculo egocéntrico y proyectivo. «El infierno son los otros», escribió Sartre en su libro «A puerta cerrada» (1944).

Transcribo a continuación, una parte de un cuento de Jorge Cela Trulock, titulado “Sale el sol”, de su libro Sale el sol y ocho cuentos más”, el cual me quedó grabado cuando lo leí y creo, tiene que ver con lo que hablamos:

“Ahora que ya vamos sabiendo tantas cosas, que el mal impera, que el bien sólo vive tímidamente escondido en algún lugar, que es mejor encerrarse en la vida de uno, en su interior, y disfrutar de lo que en el fondo de la cueva tienes, ahora que sabemos todo esto, vamos a pensar en lo que es la libertad, en lo que puede ser la libertad, tan sólo un lugar en el pensamiento donde el cuerpo vuela y vuela sin dolor, con amor, con el aroma de los confites recién hechos. Donde está el paraíso que no conoce de leyes, ni de vasallos, ni de guardaespaldas, ni de señoritos. A ese rincón invito a todos los que quieran entrar si dejan fuera, en la puerta, el orgullo, la avaricia, la envidia, los esclavos. Veremos a ver cuántos quieren pasar.”

Santiago Lanzuela

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